
¡Qué impresionantes son los edificios que se encuentran en las ciudades! Su arquitectura, su arte y la historia detrás de su creación despiertan admiración. Pensar que todo comienza con la idea de una o varias personas que respondieron a necesidades, inquietudes o al deseo de presentar un diseño innovador capaz de dar origen a nuevos estilos arquitectónicos.
Una idea que fue plasmada en un diseño gráfico y posteriormente compartida con arquitectos, quienes comenzaron a dar forma visible a lo que en un principio solo existía en la mente. Se realizan estudios del terreno, se investigan los procesos legales necesarios, se calculan los costos, se selecciona la compañía constructora más adecuada y se diseña el edificio de acuerdo con el propósito para el cual será utilizado. Son muchos los elementos que se toman en consideración durante este proceso y que, al final, permiten mostrar a una comunidad la belleza y grandeza de aquello que en algún momento fue simplemente un pensamiento.
De la misma manera, así como toda gran construcción nace primero en la mente y el corazón de alguien antes de hacerse visible ante los hombres, la iglesia también tuvo su origen en el pensamiento y propósito eterno de Dios antes de manifestarse en la historia humana.
La iglesia y todo lo que esta llegaría a representar tuvieron su origen en el corazón de Dios. Las Escrituras revelan que el Dios eterno, santo y omnipotente deseaba habitar en medio de un pueblo, no solamente para que le sirviera y le rindiera pleitesía, sino también para establecer una relación cercana y transformadora con Él. Luego de la formación de la primera pareja, el escritor de Génesis presenta la relación de Dios con su creación al describir cómo Él se paseaba por el huerto y hablaba con el hombre [Génesis 2; 3:8].
Desde el principio se observa el deseo divino de mantener una relación marcada por la amistad, el compañerismo y una comunicación continua entre el Creador y el ser humano. Aquello que más adelante sería conocido como la iglesia no surgió simplemente como una institución o una estructura religiosa, sino como la manifestación del anhelo de Dios de vivir en comunión con su creación y revelarse de manera cercana a ella.
A lo largo de las Escrituras se observa este mismo comportamiento de Dios hacia la humanidad. La creación del tabernáculo y de todo el sistema de adoración reflejan el deseo divino expresado en sus palabras: “Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” [Éxodo 25:8]. Asimismo, el levantamiento de profetas como mensajeros de su voluntad demuestra el profundo vínculo de amor y comunión que Dios manifestó desde el principio hacia el ser humano, propósito que alcanza su culminación en la declaración: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios” [Apocalipsis 21:3].
Dios, en la persona de Jesucristo, descendió para morar entre los hombres, tal como declara el evangelista Juan: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” [Juan 1:14]. El Hijo de Dios se hizo hombre para convivir con la humanidad y demostrar que su amor no sería expresado desde la lejanía, sino manifestado de manera cercana, tangible y sacrificial. El apóstol Pablo describe esta entrega cuando escribe que Cristo, “siendo en forma de Dios… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” [Filipenses 2:6-7]. En Jesús, Dios mostró que su deseo siempre ha sido acercarse al ser humano para restaurarlo, caminar con él y revelarle la profundidad de su amor.
Jesús formó un grupo de personas provenientes de diferentes contextos sociales, educativos y culturales para que continuaran la misión de manifestar el amor de Dios hacia la humanidad. Con este grupo dio inicio y formación a su iglesia, una comunidad llamada a representar su carácter y extender su mensaje al mundo. Las Escrituras describen a esta iglesia como el cuerpo de Cristo: “Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno es miembro de ese cuerpo” [1 Corintios 12:27, NVI]. De esta manera, la iglesia no surge simplemente como una organización humana, sino como una comunidad espiritual unida a Cristo y enviada para continuar su obra en la tierra.
Jesús les dio una encomienda directa que requería no solo valentía, sino también una capacidad espiritual que únicamente podía provenir del Espíritu Santo. Antes de ascender al cielo les declaró: “Pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” [Hechos 1:8, NVI]. La palabra “poder” proviene del término griego dúnamis (Strong G1411), que describe fuerza, capacidad, poder milagroso y habilidad sobrenatural para llevar a cabo una tarea. Este poder les facilitaría la propagación del mensaje de Jesús a toda la humanidad: un mensaje de salvación, esperanza y la promesa de una futura reunión con Él.
La intención y el propósito de la iglesia nunca fueron que sus miembros permanecieran limitados a un lugar o edificio, ni mucho menos que se convirtieran en una comunidad aislada donde solo unos pocos disfrutaran de ciertos privilegios. El mandato de Jesús fue claro y contundente: “Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones” [Mateo 28:19, NVI], y también: “Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura” [Marcos 16:15, NVI]. La iglesia fue llamada a moverse, alcanzar, servir y llevar el mensaje de salvación a la humanidad.
Jesús mismo enseñó que sus seguidores no podían esconder aquello que habían recibido: “Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa” [Mateo 5:14-15, NVI]. Ocultar la luz sería cancelar el propósito mismo para el cual fue encendida.
Aun el término “iglesia” revela esta verdad. La palabra proviene del griego ekklesía (Strong G1577), compuesta de ek (“fuera de”) y kaléo (“llamar”), y describe una asamblea de personas llamadas a salir. En el contexto bíblico, la iglesia es la comunidad de aquellos que han sido llamados por Dios para salir de las tinieblas y representar públicamente su reino en medio del mundo.
La iglesia revela el corazón de Dios a la humanidad mediante la manifestación de su propósito; pero surge una pregunta inevitable y confrontadora: ¿cómo podrá cumplir esa misión si permanece escondida detrás de cuatro paredes?
CONTINUARÁ…
«Piensa Y Acciona»
Nacho